La premiada fotoperiodista Paula Bronstein fue enviada por primera vez a Afganistán en 2001 tras los atentados terroristas del 11 de septiembre. Desde entonces ha regresado multitud de veces, acumulando experiencias sobre el país y su gente. En su nuevo libro “Afghanistan: Between Hope and Fear” (Afganistán: entre la esperanza y el miedo), Bronstein explora el Afganistán que hay más allá de la línea del frente, profundizando en temas cotidianos como la educación de las niñas, la violencia contra las mujeres o la adicción a la heroína.

“Cuando has estado mucho tiempo cubriendo noticias en un país, al final acabas por conocerlo muy bien”, señala. “Siempre trato buscar nuevas perspectivas que me permitan contar las cosas de una manera diferente.

A la hora de elegir los temas que quiero plasmar, escojo aquellas historias con las que creo que puedo marcar la diferencia”.

Si bien la situación de las mujeres ha mejorado desde la caída del régimen talibán, Afganistán continúa siendo el país más peligroso del mundo para el género femenino tal como señala la encuesta de 2011 de la Fundación Thomson Reuter. Las estadísticas hablan solas: apenas el 14% de las mujeres sabe leer y escribir y, según el informe de Global Rights, el 87% ha sufrido alguna vez abusos físicos, sexuales o psicológicos.

Muchos de los temas que cubre Bronstein en Afganistán están relacionados con el universo femenino, y no solo por su especial sensibilidad al respecto. La fotógrafa, por razones de género, ha conseguido un nivel de acceso a la vida cotidiana de las afganas que sería impensable para un hombre.

“Como fotógrafa puedo visibilizar muchos problemas que afectan a las mujeres. Y eso me llena mucho como persona”, dice Bronstein. “Las mujeres afganas se acercan a mí para contarme sus historias porque saben que como mujer voy a entender la importancia de su testimonio”.

Después de tantas idas y venidas a Afganistán, Bronstein tiene una perspectiva muy formada sobre cómo los temas relacionados con la mujer han ido evolucionando en los últimos años.

“Hay cosas que han mejorado, pero en líneas generales los avances, cuando se producen, van muy lentos”, apunta. “La situación es muy complicada y está llena de problemas de difícil solución que tienen sus raíces en lo más profundo de la sociedad. Las mujeres, obviamente, quieren que las cosas cambien, pero realmente no pueden hacer demasiado. Viven bajo una presión cultural muy fuerte y sus derechos están muy por debajo de los de los hombres. A cualquier edad pueden ser vendidas, compradas y casadas sin su consentimiento. Además, por si fuera poco, gran parte de la población femenina es analfabeta. Por supuesto que hay chicas que van a la escuela, pero esto ocurre principalmente en Kabul. Lo que hago con mi trabajo no es más que mostrar la realidad de la mujer afgana hoy tal cual es, con la cosas que han cambiado y con la cantidad de injusticias que se mantienen inamovibles”.

Michael Sheldrick, director global de Política y Difusión de Global Citizen, está de acuerdo con Bronstein en que, si bien se ha producido un cambio en el país, todavía queda mucho trabajo por hacer.

“Con respecto a las mujeres, quizá el mayor progreso se ha conseguido en el campo de la educación”, señala Sheldrick. “En 2001, menos de un millón de niños iba a la escuela, y la mayoría de ellos eran varones. Hoy hay más de 8,3 millones de estudiantes en todo el país, y se estima que un 40% son mujeres”, apunta. “Y aunque esto es un gran paso adelante, solo estamos en el comienzo. Afganistán debe continuar avanzando en la educación y la igualdad de géneros para que las mujeres y niñas tengan los derechos legales fundamentales que les permitan decidir cosas tan básicas como ir al médico o elegir con quien casarse.

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Bronstein espera que sus fotos tengan algún tipo de impacto positivo en la vida de las mujeres afganas, aunque reconoce la dificultad de materializar sus deseos.

“Sería increíble que mis imágenes sirvieran para cambiar algo, pero creo que no es una aspiración muy realista”, dice. “Sin duda estas fotos pueden aportar su granito para sensibilizar al público fuera de Afganistán, pero de ahí a generar un impacto en la sociedad ultraconservadora del país hay un larguísimo trecho. Es difícil agitar las conciencias dentro de Afganistán, porque todo aquello que desde el extranjero se ve como un auténtico drama aquí no deja de ser una escena cotidiana con la que todos están acostumbrados a vivir.

Hassina Safi, directora ejecutiva de la Red de Mujeres Afganas, es totalmente consciente de la cantidad de barreras que hay que derribar para que las cosas empiecen a cambiar. Su organización mantiene una presencia activa en todo Afganistán apoyando proyectos relacionados con la violencia de género y la educación de las niñas.

“La gente necesita saber que todos los avances que hemos conseguido son muy frágiles y que todavía necesitamos mucha ayuda para seguir dando pasos hacia adelante”, dice. “Actualmente Afganistán vive una realidad con dos caras. Por un lado, y gracias al trabajo que se está haciendo por el empoderamiento femenino, muchas mujeres han ascendido a puestos laborales importantes, pero por otro se las sigue asesinando por las calles por el simple hecho de tener un empleo”.

En cualquier caso, y aunque el panorama no es halagüeño, Bronstein no pierde la esperanza. La fotógrafa regresa habitualmente a Afganistán para documentar lo que está pasando allí y compartirlo con el mundo.

“Es muy frustrante ver que gran parte de los problemas no mejoran, que en esencia nada cambia”, afirma. “Hay un montón de cosas que deberíamos abordar en Afganistán, pero da la impresión de que mucha gente prefiere mirar para otro lado. Ojalá que este libro sirva para que el público vuelva a interesarse por todo lo que está pasando allí. Necesitamos darle visibilidad a lo que ocurre en Afganistan, porque a los problemas invisibles nadie les busca una solución.

 

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