En 1973, David Bowie ya iba en camino de convertirse en una gran estrella del rock. Sin embargo, el fotógrafo Justin de Villeneuve nunca había oído hablar de él hasta ese mismo año, cuando descubrió “Aladin Sane”, el sexto álbum del británico. Ese sonado hallazgo se produjo en el hotel Bel Air de Los Ángeles, donde de Villeneuve se alojaba junto a Twiggy, la top modelo del momento que además era representada por el fotógrafo, y lo cierto es que en cuanto terminaron de escuchar el disco ambos se convirtieron en incondicionales del artista de la mirada bicolor. Además, al prestar atención a la estrofa “Twig the wonder kid” (Twig el chico maravilla) de la canción “Drive-In Saturday”, se dieron cuenta de que Bowie era un admirador de la modelo. Poco después de esta anécdota, de Villeneuve llamó al manager de Bowie y concertó una cena con el cantante.

“Cuando me encontré con él por primera vez —relata de Villeneuve vía correo electrónico— me sentí muy impresionado por su apariencia, y me di cuenta en el acto de que era alguien muy especial”.

En aquella cita, Bowie le comentó al fotógrafo su deseo de aparecer en la portada de Vogue. De Villeneuve sabía que hasta la fecha ningún hombre había ocupado la primera plana de la biblia de la moda, pero estaba decidido a que eso cambiara. Para ello habló con Beatrix Miller, la responsable de la edición británica de Vogue, quien tras unas semanas le contestó que estaba de acuerdo con que en la portada aparecerían Twiggy y Bowie. De Villeneuve sería el encargado de inmortalizar el retrato.

El fotógrafo y Twiggy volaron a París para reunirse con el cantante que estaba grabando en la capital francesa su nuevo álbum “Pin Ups”, alquilaron un estudio para la sesión de fotos y se pusieron manos a la obra. Para crear un ambiente etéreo y espiritual, De Villeneuve decidió que Bowie y Twiggy posaran para la imagen con el torso desnudo. Sin embargo, cuando ambos se quitaron la parte de arriba de la ropa surgió un inconveniente frente a la Hasselblad del fotógrafo.

“De repente me di cuenta de que teníamos un problema”, recuerda de Villeneuve. “Twiggy y yo acabábamos de regresar de Bahamas y ella tenía un bonito bronceado. Bowie, en cambio, estaba pálido como un fantasma. Y juntos, la verdad, no pegaban nada”.

Con la ayuda del maquillador Pierre LaRoche, que había creado el icónico rayo rojo y azul en la cara de Bowie para la portada de “Aladin Sane”, de Villeneuve dio con una solución que convertía la extrañeza de aquellos dos cuerpos de tonos muy dispares en algo intencionado y, además, muy bello. LaRoche pintó sendas máscaras para cada uno. Cubrió la cara de Twiggy con un maquillaje de tono fantasmal a juego con el cuerpo del cantante, y al rostro de Bowie le aplicó un color que se asemejaba al bronceado que lucía la modelo. Tras esto, Twiggy apoyó su cabeza delicadamente sobre el hombro de Bowie y ambos miraron fíjamente al objetivo, como robots, mientras de Villeneuve disparaba la cámara.

“En cuanto sonó aquel primer clic de la Hasselblad supe que tenía la imagen que buscaba”, recuerda de Villeneuve.

El resultado fue brillante. De hecho Bowie, al ver una copia en Polaroid de la imagen, le pidió permiso al fotógrafo para utilizarla como portada del disco “Pin Ups”. De Villeneuve al principio dudó, pero el cantante tenía un argumento de peso: el álbum vendería cerca del millón de copias mientras que la portada de Vogue llegaría a apenas a unas decenas de miles de ejemplares. Aunque sabía que la decisión dañaría su relación con Vogue, de Villeneuve finalmente accedió a la petición de Bowie. De esta manera la foto se convirtió en historia del rock & roll.

 

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