Esta tendencia hace foco en la necesidad del ser humano de encontrar un espacio visualmente sereno en el que respirar, lejos de la cargada atmósfera de consumo, para así reconectar con sus propias emociones.

Sutiles, épicas, comedidas y poderosas. Hay imágenes que cuentan historias de una manera silenciosa y concisa generando, al mismo tiempo, el máximo impacto. Sí, en composición y en color, menos también puede ser más; lo minimalista puede maximizar el interés del público. Un claro ejemplo de esto lo vemos en los juegos con escalas visuales que ponen de manifiesto la grandiosidad y la pequeñez en un mismo plano, consiguiendo una conexión visual con un alto efecto magnético. Estas imágenes, en apariencia pasivas por el uso que hacen del espacio, permiten que los ojos respiren y se relajen para, de esta forma, ofrecer un mensaje deliberadamente sereno que contrasta con un mundo lleno de ruido visual.

Esta tendencia nace entre los años 50 y 60 al hilo del movimiento minimalista que en un ejercicio casi alquímico recogía expresiones refinadas e ideas complejas para destilarlas y convertirlas en elegantes representaciones elevadas a la máxima sencillez.

En un primer nivel, las imágenes son formalmente directas y elementales. Y su objetivo es atraer a las emociones del público con un mensaje limpio y claro, como si se tratara de un haiku visual. Pero como en todo haiku, detrás de la simpleza hay un universo lleno de sutilezas que conecta de manera individual con cada espectador. En algunos casos, además, el espacio negativo y el equilibrio de los elementos pueden servir como vehículos para otras formas de comunicación gráfica, como tipografías e ilustraciones.

Sea como sea, una vez que el espectador ha conectado con la imagen, la historia comienza a desplegarse en toda su dimensión. A veces la narración crece porque está pautada por los elementos de diseño, pero otras es sencillamente la mente del espectador la que tras el impacto visual inspirador construye su propia historia.

Como vivimos en una sociedad sobreestimulada, de manera instintiva recibimos con los brazos abiertos las escenas de calma que nos ofrece esta tendencia que funciona deliberadamente como un auténtico bálsamo frente al ruido digital presente en nuestras vidas. Contemplar la quietud no es vivirla; pero el simple hecho de ser testigo de ese momento plácido capturado por una cámara nos invita a respirar hondo y a reflexionar sobre lo que estamos viendo. Al proponer un único mensaje o concepto despojado de cualquier adorno o información innecesaria se consigue que el espectador conecte a primera vista con el juego visual que se le propone.

Todos estos ingredientes que hemos visto hacen que los diseñadores y firmas que apuestan por esta tendencia gocen de gran aceptación por parte del público. Apple ha construido toda su marca en torno al minimalismo, desde su logo a su producto más demandado. Un buen ejemplo de la simplicidad de la que hace gala la marca de la manzana lo podemos ver en la premiada campaña del iPhone 6 que se vertebra a través de una serie de imágenes tan impactantes como serenas. Emirates, HSBC y Oakley, entre otras marcas, han optado también por esta tendencia, localizando sus campañas en espacios grandiosos o haciendo foco en individuos únicos u objetos solitarios. Estas campañas han tenido éxito porque consiguen que el espectador baje la guardia y sintonice interiormente con el mensaje. En estos casos, la empatía a nivel emocional se sustenta en la autenticidad que transmiten las imágenes. Para establecer este nexo, obviamente, los mensajes deben huir de la depredación publicitaria cuya fórmula se basa en la caza y captura del cliente. Las conexiones se producen en la esfera de complicidades más sutiles y a través de un territorio que necesita de un mayor nivel de receptividad.

Y conseguir esta conexión no es difícil; al fin y al cabo todos estamos ávidos de disfrutar de un respiro visual que nos permita, aunque sea solo por un momento, olvidarnos del ruido digital que cada vez tiene más presencia en nuestras vidas.

A menudo vemos como la influencia de la tendencia del minimalismo se deja ver en las redes sociales y en los servicios para compartir fotos como Instagram. Esto deberíamos interpretarlo como una reacción en la que se busca dar sentido y simplificar el complejo mundo que nos rodea para permitir, de esta manera, que la belleza hable por sí misma entre tanto barullo digital.

No es de extrañar que en un entorno bombardeado constantemente por mensajes de todo tipo crezca el interés por encontrar remansos de silencio, también a nivel visual, en los que se pueda respirar hondo y —por qué no— aspirar a una vida más sencilla, limpia y ordenada.

 

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