Estas imágenes que apuestan por las líneas limpias, los espacios negativos y las composiciones sencillas ofrecen un respiro visual para nuestras mentes y también una invitación a explorar en silencio nuestros sentidos.

Por un momento queremos quitarle el sonido al clamor que genera el evento deportivo más importante del mundo para encontrar un espacio de calma en medio de tanto fervor olímpico y experimentar la quietud que precede a la gloria y al fracaso.

 

Se trata de instantes eternos congelados en el tiempo que transmiten una calma total, aunque estén enmarcados en una escena llena de acción y caos. Como esta imagen en la que vemos a una fila de atletas suspendida en el aire durante la salida de una prueba de triatlón femenino. En este caso, además, el uso del blanco y negro ayuda a resaltar el efecto deseado y a transformar lo que a priori es un momento frenético en una composición pictórica llena de armonía y paz.

 

La silueta solitaria de una gimnasta calentando a media luz invita al espectador a ser partícipe de ese momento místico de máxima concentración. La penumbra, el juego de luces y la perspectiva juegan un papel fundamental en la composición de esta imagen en la que vemos a una grácil y, al mismo tiempo, poderosa figura que parece estar impulsada por un fuerza invisible y silenciosa.

 

Una imagen limpia como esta crea una repuesta emocional instantánea por parte del espectador. El marco de las líneas ayuda a poner el foco sobre el atleta para, acto seguido, situarnos en ese glorioso momento de la victoria.

 

Esta foto tomada en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 establece un diálogo visual entre las gradas llenas de gente al fondo y los atletas en primer plano atacando sus vallas. De repente es como si el fotógrafo le hubiese dado al botón de pausa para crear un instante lleno de incertidumbre y tensión narrativa. Mas de medio siglo después, esta misma fórmula que juega con los fondos y los primeros planos sigue funcionando a la hora de congelar la acción para poder escrutarla milímetro a milímetro.

La australiana Strickland en una competición olímpica

 

Esta imagen clásica tomada en Berlín en 1936 encierra una gran carga poética. Es como una historia contada con pocas palabras y con una voz susurrante; un haiku visual lleno de fuerza y capaz de generar un gran impacto. Observándola uno casi puede escuchar el silencio del vuelo del saltador antes de que la multitud rompa en aplausos.

 

La esgrima quizás sea uno de los deportes más teatrales y plásticos de las olimpiadas, pero detrás de la elegancia de sus movimientos subyace la emoción del combate cuerpo a cuerpo. El minimalismo cromático, así como la antítesis gestual de ambas atletas, remarcan el escaso margen que hay entre la gloria y el fracaso.

 

Las sucesión de vallas funciona visualmente como si se estuviera haciendo zoom en el atleta para que, de esta manera, la mirada del espectador se centra exclusivamente en él. Los diferentes marcos que, como una muñeca rusa, van encerrando a esta fotografía ayudan a minimizar cualquier elemento externo y a potenciar nuestra concentración y nuestras emociones en torno al sujeto protagonista.

 

Antes de soñar con el oro olímpico, todos los atletas de elite fueron apasionados deportistas amateurs. En esta imagen sencilla de contraluces y sombras podemos ver esa conexión emocional del atleta y su piragua casi en clave de historia de amor.

 

Las figuras geométricas proporcionan fórmulas efectivas para una narración visual elegante. Aquí vemos a una triplista en pleno vuelo enmarcada entre el cielo y el graderío del estadio gracias al efecto circular de la lente. La composición es muy limpia y simple, casi infantil, pero al mismo tiempo muy poderosa. Su belleza habla por si sola.

 

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