Al mismo tiempo que crecen en nuestro día a día las interacciones digitales, las comunicaciones mediante conceptos abstractos y las experiencias controladas y asépticas, la gente —tal vez como contrapartida— también anhela una conexión más corpórea y visceral, especialmente en lo que se refiere al mundo de la imagen. En este sentido, el poderío humano de músculos, sudor y épica que transmite el deporte de alta competición cobra una dimensión especial a la hora de ilustrar esta tendencia.

Los datos de Getty Images revelan el incremento imparable de la demanda de imágenes que tienen que ver con el universo de lo sensorial, en donde se incluyen conceptos como sudor, sangre o suciedad. En el último año las búsquedas con las palabras clave “sensorial” e “imperfección” aumentaron un 83% y 68% respectivamente, y las que incluían las palabras “textura con grano” crecieron de manera espectacular en un 1.577%.

Esto denota que la gente quiere conectar con lo primario. Y un evento deportivo como los juegos olímpicos ofrece un banquete visual con el mejor menú posible: músculos, esfuerzo, épica y superación.

 

Hay una nueva belleza que se enmarca dentro de los límites de lo visceral. Una belleza que salpica, mancha y hasta duele. Como en esta imagen tomada en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, en la que vemos al luchador georgiano George Gogshelidze con el rostro magullado y vendado y una mueca expresiva que lo dice todo.

 

Muchas marcas se empeñan en lanzar campañas con mensajes aspiracionales con una estética limpia y perfecta, cuando en realidad el público está hambriento de imágenes que irradien autenticidad tanto en la forma como en el fondo. En este choque de bicicletas de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 no hay nada impostado, la gestualidad, el barro, el sudor y la desesperación son tan reales como la vida misma y ahí, precisamente, radica la fuerza magnética de esta fotografía.

 

Lo inesperado de repente nos sacude y nos despierta del letargo mental que provoca lo predecible. Eso es lo que consigue esta imagen del jinete finlandés Kulstila, al que vemos descabalgado de su montura en una prueba ecuestre de Estocolmo 1956. La fotografía puede que tenga más de 60 años, pero su efecto sorprendente y genuino no ha perdido un ápice de fuerza.

 

Esta foto de 2012 de la gimnasta china Sui Lu, a la que vemos empolvando con magnesio la barra en la que competirá, ilustra el momento antes de la batalla; es como una guerrera velando sus armas. El polvo suspendido en el aire y el plano ligeramente contrapicado sirven para generar una atmósfera auténtica que nos hace sentir lo que estamos viendo.

 

Estas imágenes que nos invitan a ponernos en la piel de los más laureados atletas también nos conectan con nuestro lado más primitivo e inconformista. Este primer plano de la remera alemana Christine Huth nos transmite casi de manera contagiosa el esfuerzo al que se ha sometido la deportista.

 

En esta imagen capturada en los Juegos Olímpicos de Atenas 2000, un manto de agua transforma a Michael Phelps en una especie de abominable hombre de las piscinas. Al salirse de los cánones del plano limpio y estándar, la foto nos ofrece un retrato inédito y desfigurado que sugiere interpretaciones que van más allá de la simple lectura que se puede hacer de un nadador nadando.

 

La vida adulta nos ha hecho alejarnos del placer de jugar y de mancharnos despreocupados como cuando éramos niños, por eso, con estas imágenes, queremos devolver al público esa sensación de absoluta libertad. Como la que expresa esta fotografía en la que el triplista Jefferson Sabino parece zambullirse en un mar de arena. ¿A quién no le gustaría por un momento estar en su lugar?

 

Aquí, las chicas del equipo australiano de relevos de natación celebra de manera caótica su victoria en la final de Londres 2012, conformando con sus cuerpos una montaña humana de emociones. No hay orden en todos esos brazos entrelazados, pero sí mucho sentimiento.

 

Nuestros gustos visuales revelan que anhelamos imágenes que inviten al desorden, a la rebeldía y al caos; a salirnos, en definitiva, de un mundo estandarizado marcado por las normas y lo previsible. En esta imagen de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, en la que vemos a la canadiense Kaylyn Kyle disputar un balón a la francesa Camille Abily, descubrimos que el fútbol también puede convertirse en un retrato impresionista abstracto.

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